Tbilisi no se visita: se atraviesa como una película de contrastes. En una misma caminata aparecen cúpulas de baños termales, balcones antiguos, iglesias centenarias, bares de vino y colinas que parecen vigilar una ciudad construida entre Europa y Asia.

La capital de Georgia tiene ese raro efecto de dejar al viajero con la sensación de que todavía faltó una vida entera por descubrir. Estas son cinco razones por las que compraría el boleto de regreso sin pensarlo demasiado.

1. Abanotubani y sus baños de azufre (Casco antiguo, Tbilisi)

Las cúpulas de ladrillo de Abanotubani esconden uno de los rituales más memorables de la ciudad: baños alimentados por aguas termales naturales.

El distrito funciona como zona de baños desde hace siglos y permite elegir entre espacios públicos o salas privadas; sumergirse en el vapor sulfuroso es casi como entrar al origen de Tbilisi.

2. Una ciudad vieja que parece un laberinto de película (Old Tbilisi)

Calles empedradas, casas con balcones tallados, patios secretos y fachadas que mezclan épocas soviéticas, persas, rusas y georgianas: el casco antiguo recompensa a quien se pierde.

Aquí no hace falta una lista rígida; basta caminar desde la zona de los baños hacia las callejuelas del centro para entender por qué la ciudad tiene una identidad imposible de copiar.

3. Khinkali, khachapuri y una mesa que siempre invita a quedarse

Volvería solo por comer otra vez. Los khinkali —grandes empanadillas rellenas, a menudo con carne y caldo— exigen técnica: se muerden, se bebe el jugo y luego se sigue con la masa.

El khachapuri, pan relleno de queso, completa una experiencia gastronómica intensa, generosa y profundamente local.

4. Vino georgiano con una historia que se bebe

Georgia presume una de las tradiciones vitivinícolas más antiguas del mundo, y Tbilisi es la puerta ideal para probar etiquetas de todas sus regiones.

En bares especializados se pueden descubrir variedades como Saperavi, Rkatsiteli o Kisi, muchas asociadas a métodos tradicionales de elaboración en qvevri, grandes recipientes de barro enterrados.

5. El caos encantador entre Oriente y Occidente

Tbilisi no intenta ser una postal perfecta, y ahí está su encanto. Una iglesia puede compartir horizonte con edificios modernos, grafitis, funiculares y montañas; un mercado local puede terminar en una copa de vino natural. La ciudad conserva una energía viva, imperfecta y sorprendente, de esas que obligan a levantar la cámara cada cinco minutos.

Tbilisi se queda en la memoria por sus aromas, sus cuestas y su mezcla de belleza antigua con vida contemporánea. La pregunta no es si volvería: es cuánto tardaría en hacerlo.

Enrique Kogan