Italia suele vivirse por primera vez a través de Roma, Florencia y Venecia, pero hay un momento en que el cuerpo pide una pausa del ruido, las colas y las fotos sin fin. En un viaje corto, no siempre es posible alejarse mucho, pero sí escapar por unas horas a pueblos pequeños y tranquilos que quedan a poca distancia en tren o bus de las grandes ciudades.
Esos pueblitos permiten ver otra cara del país: plazas donde todos se conocen, ritmos más lentos y paisajes que se disfrutan sin empujones. Para quien viaja por primera vez, son el equilibrio perfecto entre cumplir con los clásicos y sentir un poco la vida local. Estos cinco rincones son ideales para escaparse del bullicio sin perder lo esencial de una primera ruta por Italia.
1. Castel Gandolfo, el balcón tranquilo de Roma

A menos de una hora de Roma, Castel Gandolfo se asoma sobre el lago Albano con un casco histórico compacto y elegante. Su plaza principal, la residencia papal y las vistas al lago ofrecen una Italia mucho más calmada que la de las avenidas romanas, pero sin renunciar a la belleza.
Aquí se camina despacio, se toma un café mirando el agua y se entiende que es posible desconectar sin alejarse demasiado de la capital. Es una escapada perfecta de medio día para respirar aire fresco entre iglesias barrocas, callejones empedrados y restaurantes familiares.
2. Orvieto, una ciudad en lo alto para hacer pausa entre Roma y Florencia

Orvieto se levanta sobre una gran roca de toba y se ve desde la autopista como un escenario de película en miniatura. Para quien viaja por primera vez entre Roma y Florencia, es el desvío perfecto: se llega en tren, se sube en funicular y, en pocos minutos, se está caminando por calles tranquilas con un Duomo impresionante al fondo.
A diferencia de las grandes capitales, aquí el ritmo invita a sentarse en una terraza, probar un vino local y mirar cómo la vida pasa sin prisa. En unas horas se puede recorrer el centro histórico, asomarse a los miradores y seguir viaje con la sensación de haber conocido una Italia más íntima.
3. Lucca, la ciudad amurallada donde todo baja de volumen

Lucca es una pequeña ciudad de la Toscana rodeada por murallas completas que hoy funcionan como paseo arbolado. Aunque no es un pueblo diminuto, se siente mucho más tranquila que Florencia y es fácil de incluir en un primer viaje, combinándola con Pisa o como escapada en tren.
Dentro de las murallas, las calles estrechas, las plazas recogidas y las bicicletas reemplazan al tráfico pesado y a las multitudes que uno deja atrás en otras ciudades. Pasear por lo alto de las murallas, mirar las torres y detenerse a tomar un helado es una forma muy suave de seguir conociendo Italia sin agotarse.
4. Montecarlo di Lucca, un pueblito de viñedos en la Toscana

A pocos kilómetros de Lucca, Montecarlo es el pueblito toscano que muchos imaginan cuando piensan en casas de piedra, colinas verdes y viñedos alrededor. Su centro histórico es pequeño, con una calle principal, murallas, una fortaleza y miradores hacia el paisaje rural que lo rodea.
Aquí la sensación es de escala humana total: se recorre caminando en poco tiempo, se entra y se sale de pequeñas enotecas y se escucha más italiano que otros idiomas. Para una primera vez en Italia, ofrece un descanso perfecto entre visitas a ciudades grandes, recordando que la Toscana también se vive en silencio, copa en mano y sin relojes.
5. Chioggia, la “pequeña Venecia” donde se respira otro ritmo

Chioggia, en la región del Véneto, parece una versión reducida y mucho más relajada de Venecia. Tiene canales, puentes y fachadas de colores, pero el ambiente es claramente de pueblo pesquero, con mercados, barquitos y vida cotidiana que sigue su curso aunque haya visitantes.
Se puede llegar fácilmente en transporte público desde Venecia y, en pocas horas, cambiar el ruido de las zonas más turísticas por calles donde aún se ve ropa tendida y señores charlando en la puerta de casa. Para cerrar una primera vez en Italia, pasar una tarde en Chioggia es una forma amable de despedirse del país bajando el volumen, pero sin renunciar a la magia de los canales.
Yuniet Blanco Salas
























